La demencia representa uno de los mayores desafíos sanitarios y sociales del siglo XXI. En Reino Unido ya afecta a cerca de 900.000 personas, mientras que en Estados Unidos la cifra supera los 6,7 millones de adultos mayores, con decenas de miles de muertes asociadas cada año.
El estudio, publicado en Nature Reviews Neurology, señala que los catorce factores de riesgo modificables explican aproximadamente entre el 45 y el 50 % de los casos de demencia.
Los más relevantes e impactantes son la pérdida de audición no tratada, la hipertensión arterial especialmente en la mediana edad, el aislamiento social, el colesterol alto, la inactividad física, la exposición prolongada a la contaminación ambiental y la exposición a ruidos nocivos.
La prevención es hoy la herramienta más poderosa que tenemos, ya que aún no existen tratamientos curativos de acceso generalizado.
Las recomendaciones prácticas que cualquiera puede empezar a aplicar son claras: controlar rigurosamente la presión arterial desde la mediana edad, proteger la audición y facilitar el acceso universal a audífonos cuando sea necesario, combatir el aislamiento social manteniendo relaciones activas y participación comunitaria, optimizar el tratamiento del colesterol alto a partir de los 40 años, realizar actividad física de forma regular y reducir la exposición a ruidos dañinos y contaminación ambiental.
Con cambios sostenidos en el estilo de vida, políticas públicas decididas y acción temprana se podrían evitar millones de casos en las próximas generaciones. Esperar una cura milagrosa no es responsable. La prevención de hoy es mucho más poderosa que la promesa de tratamientos del mañana.