30 de agosto de 2026
DESAMPARADOS
Entre el abandono y el cemento: el cordón frutihortícola marplatense reclama un lugar en la ciudad
Menos superficie sembrada, caída del consumo, costos que no dan tregua, caminos rurales deteriorados y el avance de los desarrollos inmobiliarios configuran un escenario cada vez más complejo para una actividad clave de General Pueyrredon.

El cordón frutihortícola de General Pueyrredon es una de esas realidades que alimentan a la ciudad sin ocupar demasiado espacio en la agenda pública. Entre Sierra de los Padres, Batán y las zonas rurales del distrito, miles de hectáreas sostienen una actividad que abastece a Mar del Plata y también envía producción a distintos puntos del país. Pero detrás de las verduras que llegan a las góndolas hay menos superficie sembrada, productores que ajustan sus cultivos, costos que se dispararon y un esquema productivo que hace equilibrio para no desaparecer.
El problema ya no pasa solamente por cuántos productores quedan, sino por cuánto pueden producir. Cuando producir cuesta cada vez más y vender resulta cada vez más difícil, el productor achica el riesgo. Se invierte menos, se siembra menos y se apuesta por cultivos que demanden menos capital. No desaparece necesariamente la quinta, pero sí parte de su capacidad productiva.
La producción se planifica con meses de anticipación y, al momento de vender, el precio queda sujeto a una oferta y una demanda que pueden dejar al productor por debajo de sus propios costos. Una mala campaña significa perder capital y la siguiente siembra se vuelve más complicada. La producción termina así sostenida muchas veces a fuerza de achique y adaptación.
El estado de los caminos rurales suma otra piedra al camino. Los accesos que deberían funcionar como arterias de un entramado productivo presentan tramos deteriorados y complican tanto la vida cotidiana de las familias rurales como el traslado de la mercadería. El problema no es solamente llegar desde una quinta hasta una ruta, también está en juego la posibilidad de que un comprador decida volver a buscar producción a Mar del Plata. En una actividad donde el tiempo, el traslado y el estado de la mercadería son determinantes, una infraestructura deficiente termina convirtiéndose en un costo que paga el productor.
Barrios privados, emprendimientos y nuevos usos del suelo avanzan sobre sectores que históricamente tuvieron una función productiva. La tensión se vuelve particularmente visible en áreas como Laguna de los Padres, donde la expansión inmobiliaria convive con quintas y establecimientos que llevan décadas instalados. El problema no es necesariamente urbanizar, sino hacerlo sin una planificación que determine hasta dónde puede crecer el cemento sin poner en riesgo la producción.
La inseguridad también se metió de lleno en la vida rural. Los establecimientos alejados de los centros urbanos enfrentan robos y dificultades para obtener una respuesta rápida, en un territorio donde las distancias y la falta de recursos policiales complican todavía más la prevención. La fragmentación de las jurisdicciones y la falta de patrullaje específico agregan incertidumbre a quienes viven en las quintas.
Así, la lista de problemas del sector sigue creciendo. Producir cuesta más, vender es más difícil, trasladar la mercadería se complica y hasta permanecer en el campo implica asumir nuevos riesgos.