La Tecla Mar del Plata
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Apenas ha transcurrido unos dias desde que Guillermo Montenegro retomó sus funciones en la intendencia de General Pueyrredon, y la escenografía local no requiere de finos analistas políticos ni de grandes despliegues de hermenéutica. La inseguridad no solo es el tema del momento; se ha instalado como el eje casi litúrgico sobre el cual orbitará lo que queda del mandato. Un verdadero clásico atemporal.
Con la perspectiva de las elecciones ejecutivas de 2027, los tres niveles del Ejecutivo se encuentran atrapados en un incómodo baile de máscaras. Municipio, Provincia y Nación ensayan una coreografía de preocupación mientras miden con precisión milimétrica cada detalle de riesgo electoral.
El noble arte de culpar al barómetro
Mar del Plata posee la envergadura y las miserias de una provincia entera, aunque sus dirigentes prefieran abordarla con el rigor de un club de fomento. El reciente fin de semana largo de octubre dejó un regusto agrio en el sector comercial y turístico. Sin embargo, la respuesta oficial ante la magra convocatoria no se hizo esperar, apelando a la habitual brillantez dialéctica a la que nos tienen acostumbrados.
Un cambio de marca registrado
Mar del Plata está a punto de archivar su histórico eslogan de Capital del Pullover para consagrarse definitivamente como la Capital del PERO.
Ante la escasa afluencia de visitantes, la explicación parece encontrarse siempre a mano: el clima no acompañó. Como si el viento, las bajas temperaturas y la llovizna en plena primavera fueran fenómenos extraordinarios para una ciudad acostumbrada a convivir con los caprichos del Atlántico. Así, lo que debería formar parte de cualquier previsión turística termina convertido en una justificación casi automática para explicar los resultados que no estuvieron a la altura de las expectativas.
El clima marplatense es, desde la fundación de la ciudad, fresco y caprichoso. Sin embargo, para la burocracia de turno, la meteorología constituye un imprevisto de fuerza mayor y el "PERO", un refugio sumamente confortable.
Matemáticas de precisión y el juego de la soga
Resulta conmovedor escuchar las declaraciones formales de los funcionarios cuando aseguran, con rostro adusto, que "aún falta mucho para el 2027" y que "no es momento de hablar de candidaturas". Detrás del casete institucional, cada gesto, cada reunión informal y cada reticencia presupuestaria se ejecutan con la vista fija en la urna.
Sin embargo, en el tablero de la inseguridad, ese asunto tan ordinario que suele aquejar al ciudadano de a pie, hoy gratamente ascendido a la categoría de votante estratégico, las excusas cruzadas empiezan a mostrar cierto desgaste.
El manual del PERO también encuentra entre los tres niveles del Ejecutivo a sus más disciplinados intérpretes. Desde el Municipio, la respuesta ante los reclamos por inseguridad suele apuntar a que la prevención del delito corresponde a la Policía Bonaerense; desde la Provincia, las explicaciones giran en torno a los fondos que Nación no envía; y desde el Gobierno nacional, la responsabilidad vuelve a depositarse sobre las administraciones locales. Un verdadero juego del bonete en el que cada jurisdicción parece tener perfectamente identificadas las obligaciones ajenas, mientras las soluciones concretas quedan atrapadas en un interminable intercambio de reproches.
Nadie ignora que la soga de la paciencia social no es infinita. Tirar de ella con desdén partisano o amparándose en atajos retóricos puede resultar un ejercicio tentador, pero sumamente peligroso. Cuando la cuerda finalmente se rompe, el efecto de retorno suele ser tan rápido como desagradable para quien sostiene el extremo.