En una conversación cotidiana, hay personas que parecen incapaces de detener el torrente de palabras. Hablan sin pausa, cambian de tema abruptamente, interrumpen una y otra vez y llenan cualquier silencio con más discurso. Lo que a simple vista puede parecer entusiasmo o simplemente ser “muy hablador” recibe en psicología el nombre de verborragia.
Este patrón se caracteriza por un flujo verbal continuo, rápido y difícil de interrumpir. Quien lo padece suele emitir ideas en cascada, sin apenas registrar si el otro está interesado, aburrido o simplemente agotado. El resultado es una comunicación unilateral donde el interlocutor queda reducido a oyente pasivo.
Las causas son diversas. En algunos casos responde a rasgos de personalidad, como la necesidad constante de ser el centro de atención o una marcada tendencia egocéntrica. Sin embargo, cuando el comportamiento es muy intenso y persistente, suele estar asociado a condiciones de salud mental.
La ansiedad lleva a muchas personas a hablar sin parar como forma de aliviar tensión interna o evitar silencios incómodos. En el trastorno por déficit de atención con hiperactividad, la impulsividad verbal se manifiesta como una verdadera incontinencia de palabras, especialmente en adultos que no recibieron diagnóstico en la infancia.
Durante fases maníacas del trastorno bipolar, la aceleración del pensamiento se traduce en verborrea extrema, a veces acompañada de ideas grandiosas y euforia desbordante.
Las consecuencias van más allá de una simple anécdota. Quien habla sin control suele notar, tarde o temprano, que las personas empiezan a evitarlo, que las charlas se acortan o que directamente lo excluyen de grupos.
En el ámbito laboral esto puede leerse como falta de escucha, dificultad para trabajar en equipo o incluso inmadurez emocional.
En las relaciones cercanas, el desgaste es aún mayor: la pareja, los amigos o los familiares terminan sintiéndose invisibles, no escuchados, y la convivencia se vuelve agotadora.
Para el entorno, la experiencia es igualmente pesada. Las interrupciones constantes, los monólogos interminables y la imposibilidad de aportar generan irritación, impotencia y, con el tiempo, distanciamiento. Lo que comienza como una característica curiosa termina convirtiéndose en una barrera relacional.
Afortunadamente, cuando la persona toma conciencia del problema, existen caminos para modificarlo. En casos de ansiedad o estrés crónico, la terapia cognitivo-conductual junto con prácticas de atención plena ayuda a regular el impulso de hablar y a desarrollar la capacidad de escuchar activamente.
Cuando está vinculado al TDAH, el tratamiento combinado que puede incluir medicación y entrenamiento en habilidades sociales suele dar resultados importantes. Si forma parte de un cuadro maníaco, el manejo psiquiátrico con estabilizadores del ánimo es fundamental.
El punto de partida siempre es el mismo: reconocer que hablar mucho no equivale a comunicarse bien. En una época donde el silencio a veces es incómodo y la sobreestimulación es constante, la verborragia nos invita a reflexionar sobre el valor del equilibrio entre expresar y escuchar. Porque una buena conversación no se mide por la cantidad de palabras, sino por la calidad del intercambio.