En la previa de la visita del Papa a la Argentina, con el escenario internacional atravesado por triunfos y avances del progresismo, la Iglesia Católica vuelve a poner el foco en una de las problemáticas más sensibles de la realidad social: el hambre. En Mar del Plata, la Mesa de Diálogo por la Dignidad de las Periferias, del Obispado local, retomó su agenda de trabajo y reclamó respuestas concretas ante las necesidades de los sectores más vulnerables.
Con la participación de monseñor Ernesto Giobando, el espacio planteó la necesidad de fortalecer la asistencia alimentaria y profundizar la articulación entre las organizaciones comunitarias y los distintos niveles del Estado. El mensaje apunta a que la urgencia social no quede relegada frente a las discusiones políticas y administrativas.
Uno de los ejes del encuentro fue la revisión y actualización de la información sobre los comedores comunitarios que funcionan en el distrito. La intención es contar con un diagnóstico preciso de la realidad alimentaria y aportar esa información a las autoridades para mejorar la transparencia y la eficacia de la asistencia.
La discusión también volvió a incluir la posibilidad de declarar la emergencia alimentaria en General Pueyrredon. Desde la Mesa de Diálogo propusieron reunir consensos para avanzar con esa herramienta administrativa, que permitiría agilizar la compra de alimentos y evitar que las demoras burocráticas obstaculicen respuestas urgentes.
La preocupación alcanza, además, a las personas que trabajan en el basural. Los espacios que acompañan a ese sector compartieron su alarma por las condiciones sociales y alimentarias que atraviesan y remarcaron la necesidad de fortalecer el acompañamiento y coordinar medidas concretas.
En ese contexto, la Iglesia marplatense busca sostener una agenda que pone en primer plano las necesidades de quienes viven en los márgenes. La consigna que sintetizó el encuentro fue contundente: “no postergar el hambre de los hermanos”.
El reclamo se inscribe en una discusión más amplia sobre el papel de las instituciones religiosas frente a la pobreza y la desigualdad, y vuelve a interpelar a las autoridades locales sobre la capacidad de dar respuestas a una emergencia que, para quienes la padecen, no admite tiempos de espera.